Traición
Mis amígdalas, mis pacíficas amígdalas, que jamás en la vida me habían dado problema y de las cuales me sentía tan orgullosa, se han rebelado e inflamado, de manera que ahora sufro de una especie de atoramiento perpetuo. No es gracioso. Mi cuerpo me odia.
Por suerte, esta vez mi ánimo no está enfermo. Dolor o no, fiebre o no, me he puesto en pie y he seguido con mis asuntos. Ni siquiera la lluvia ha podido detenerme. Por ejemplo, el sábado aunque sea con las justas llegué a ver a Nita (¡feliz cumpleaños!) y fui a trabajar (ugh); hoy me levanté muy temprano para ponerme al día con ciertos asuntos en los que nadie iba a poder reemplazarme. Javier dice que sería bueno si así me portara cuando no estoy enferma, y que es muy raro que justo cuando mejor me siento, me deje dominar por la pereza.
Yo insisto, todo está fríamente calculado para que mis planes de dominación mundial jamás se hagan realidad.
He visto, en un fugaz paseo por El Librero, una compilación de las novelas de piratas de Salgari. Me emocioné. Yo leía eso cuando era pequeña, y perdí los libros en alguno de esos infaustos cambios de casa. Así que apenas pueda, volveré a buscarlo. El Librero de San Marino ya no existe, el de Los Ceibos anuncia su remodelación. Sinceramente, espero que no estén pensando en cerrar. Sería bien triste, porque si me pongo a hacer cálculos, es la librería más cercana a mi casa, ya que en el sur de Guayaquil no queda ninguna, digo esto casi sin temor a equivocarme. ¿Bibliotecas? Ah. Dejadme reír. Ustedes también, que salen con esas preguntas.