June 2008

¿A quién vas a llamar?

No recuerdo bien en cuántas situaciones desesperadas he estado. Pero sí sé a cuántas personas he llamado (bendito celular, bendito email) en esas ocasiones. Son dos. Solo dos.

No fue deliberado, fue absolutamente instintivo. Yo sabía a quién llamar, con quién hablar, a quién quería escuchar. Y no me equivoqué.

Yo no sé si ustedes tengan amigos así, marcación directa, gente que no los va a dejar hundirse. Espero sinceramente que ese sea el caso. No les voy a decir llámenme (aunque sepan que pueden hacerlo) porque yo misma entendí que no es una elección consciente.

Y espero que tengan como yo sus cazafantasmas, todo ese ejército de personas por las cuales uno se sostiene cuando no hay la opción de llamar a que alguien te sujete la mano a fuerza de voz.

Todas esas personas me quieren. Me respetan, pienso. Se los debo. Este post se los debo.

hablando en serio

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Soberbia

Cada vez que acuso a Javier de ser soberbio, dice: mira quién habla. Según él, mi soberbia no es visible hasta que pasas una o dos décadas conmigo, y consiste en que en el fondo, creo que no necesito de nadie.

A veces pienso que tiene razón.

Oh, yo sé que está mal, no solo moralmente, sino que es un razonamiento erróneo, ningún hombre, ninguna mujer es una isla. Pero…

Hoy alguien me ha dicho, tú estás aquí porque tal persona dijo que así debe ser. Y me ha sentado como una bofetada.

- Ah. Yo creía que estaba aquí porque cumplo mi parte del trato.

Y descubro que pienso que sí, que en realidad yo no dependo de nadie, que una cosa es que alguien te abra la puerta para dejarte entrar, que te dé la mano para ayudarte a subir, pero al final (es mi teoría), si te quedas, si escalas o si te vienes, es asunto completamente tuyo. Te dan una oportunidad, aprovéchala. No te aferres a las personas como benefactores, ni te quejes después de que no te ayudaron.

Oh sí, yo soy muy soberbia. Y muy terca. Mi instinto, que se gana el sueldo a vaca la mayor parte del año, de modo que a veces olvido que lo tengo, de repente me hace a un lado y se lanza y descubro que todo ese tiempo ha estado haciendo ejercicio, como un recluso de máxima seguridad.

El resto de mí, esta criatura medio endeble que soy, tiene un dolor de estómago estupendo. Me quiero rendir. Porque enfermarme de angustia no es mi idea de la diversión. Me doy cuenta de lo que me estoy haciendo a mí misma y me digo que no vale la pena. Y eso solo hablando de mi salud. Sin hablar de todo el daño a toda mi buena fe, que se viene abajo de a poco, y es lo que más me molesta.

exceso de información

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