Houston, tenemos problemas
Estas deben ser las vacaciones en las que más he trabajado. Todos los días me he dedicado a hacer una cosa u otra, sea para mí misma, para mi familia o para mi iglesia. Es media noche y recién me voy a dormir, aunque dudo que lo logre empipada de cocacola como estoy. Mi hermano y mi primo siguen preparando juegos y envolviendo paquetes. Yo ya no doy más.
Pero estoy contenta. O al menos lo estaba hasta hace unas horas, cuando acepté con ligereza una invitación de mi primo, que andaba de ensayo con la bandita en la que está. Pasé incómoda y traté de ahogarlo siendo útil, pero es más fuerte que yo, en cuanto me siento en desconfianza es: suban el puente levadizo, cierren todas las puertas, saquen los monosílabos.
No sé bien qué es lo que me hace desconfiar. ¿Que no los conozco? A la mitad de ellos los he visto solamente toda mi vida. Es una cosa de instinto. No importa cuánto lo intente, no puedo quitarme la sensación de que yo no debería estar ahí.
Probablemente el estúpido de mi instinto se equivoque. No sería nuevo. Detesto pensar mal de las personas, de hecho casi nunca me acuerdo de hacerlo. Por eso creo que me siento tan mal ahora y no puedo dormir. Porque estoy actuando irracionalmente y eso me molesta. A veces hablo sola porque me gusta batracear a mi lado carente de sentido común y ponerlo en su sitio, y hacer lo que yo sé que es correcto.
Pero hoy ese ladito siempre vapuleado se está anotando una victoria por noqueada y sé que no me dejará dormir. Su venganza, consistente en hacerme creer que las leyes de Murphy rigen el mundo, será cruenta.