¡Final! Del primer tiempo
Hacer las cosas a conciencia implica que, en algún momento, a alguien no le gustará. Quizá le molesta verte concentrado. Quizá le molesta verte crecer. Quizá creen merecer más atención. Yo qué sé. El caso es que a justo cuando estás con todos tus sentidos puestos en una tarea y ves que has progresado, y que esta vez no se trata de un ensayo sino que te está saliendo bien, ¡zas! Llega alguien y te interrumpe y te pregunta qué estabas haciendo, y de qué sirve, y si no te quieres tomar un descanso.
Y con todo lo que ustedes saben que yo defiendo las 8-10 horas de sueño, la siesta y el soñar despierta, en esos momentos solo tengo una respuesta. ¡Cielos, no! ¡Estaba a punto de conseguirlo, no necesitaba que irrumpieras en mi espacio para cuestionarme acerca de cómo manejo mi tiempo!
O sea que a estas alturas de mi vida, todo lo que he conseguido es volverme más egoísta. Hay tanto que quiero lograr y realmente no tengo paciencia para dejarlo todo a un lado solo porque alguien anda con ganas de molestar. Me cuesta mucho imponerme disciplina, ¡no me ayudes a quebrantarla!
Y otra cosa. No más insistirle a la gente para que vaya a tal lugar, para que se integre a tal actividad, para que preste tal ayuda. Si es tan perentorio, lo hago yo, aunque salga chueco y aunque me cueste, pero de verdad, no tengo tiempo para perseguir a nadie. Mis años de niña exploradora han terminado. Le deseo a la humanidad buena suerte y buenos días.
Como verán, he alcanzado nuevos niveles de antipatía, lo cual no creía posible, pero el cosmos una vez más se confabula para mostrarme que en materia de flexibilidad, nada como la naturaleza humana.