Mokka
Mokka llegó a casa pesando a lo sumo un par de libras. En dos semanas ha doblado su tamaño y cuadruplicado su peso. Y promete destrozar cada silla, cortina, falda, zapato y tobillo que se ponga a su alcance.
Por suerte no fui yo quien la llevó a vivir con nosotros y no pueden amenazarme con regalarla. Además, mi mamá enseguida le armó cama y todos los días le pone su comida. Dado que la perrita tiene hambre a cada rato, infiero que le ha tomado cariño.
Nunca hemos tenido una mascota así de voraz. Nuestro Duncan, perro grande, conocía sus límites y era melindroso con sus alimentos. Los expertos dicen que es porque Duncan tenía su raza bien en claro, y Mokka es del pueblo. Pero mis gatos, auténticos gatos de techo, siempre han conservado su dignidad. Hurtar, sí. Maullar, también. Cazar palomas, siempre. Aullar y morder la mano que les da el atún, jamás. Y lo peor: tiene un aliento de bebedor irrecuperable.
No creo que crezca mucho, pero va a pesar una tonelada si sigue por ese camino. Empezó con biberón y ahora usa el plato de Duncan (+). No quiero ni saber en unos meses. Por el momento debo encontrarle nueva cama, ya no cabe en la que tiene y se le ha metido en la cabeza que puede dormir con la gente y ay del que deje su puerta abierta en la noche. El terror blanco acecha.